sábado, 14 de abril de 2012

Un documento memorable



Por J. A. Peña Lebrón
En años recientes las relaciones entre la República Dominicana y Haití han sido objeto de debates, centrados mayormente en el supuesto tratamiento discriminatorio que las autoridades dominicanas han dado a los hijos de nacionales haitianos que nacen en nuestro territorio. El tema ha sido llevado y traído con amplio despliegue publicitario en el exterior, con el apoyo de ciertas organizaciones sin fines de lucro, que gozan de patrocinio de poderosos gobiernos extranjeros, los cuales se empeñan en buscar, en base a la fusión de las dos naciones, solución a los graves problemas políticos, económicos y sociales que abruman Haití, desde la época de la constitución como estado independiente, es decir, hace ya más de dos siglos.
Desde el punto de vista jurídico, a la luz de los principios contenidos en la Constitución política de Haití, y en nuestra Carta Fundamental y legislación en materia de migración, la especie difundida en el exterior, o defendida en nuestro ámbito doméstico, carece de fundamento, y sobre ello en reiteradas ocasiones se han hecho del dominio público los textos legales que estipulan quiénes califican para ostentar nuestra nacionalidad, tal como lo hacen los demás estados del orbe, sin recibir críticas por tal motivo.
Ahora bien, por razones de convivencia humana e internacional es necesario que nuestro país y el vecino de occidente conduzcan sus relaciones en la forma más cordial posible, estableciendo mediante acuerdos claros y precisos los mecanismos apropiados para regular esas relaciones, sin que la soberanía e independencia de una cualquiera de ellas se vea menguada de una serie de acuerdos suscritos por los presidentes Leonel Fernández, de República Dominicana, y Michel Martelly, de Haití, sin que se dieran detalles de su contenido, los que esperamos estén ajustados a los principios cuya aplicación nos hemos permitido sugerir.
Pero a pesar de todo lo que haya sido acordado, y ante la magnitud de los problemas de crecimiento de población, carencia de viviendas, desempleo, deforestación del territorio, y sobre todo la ausencia de un orden político e institucional firme, que hacen de Haití una nación inestable y de futuro impredecible, es prudente que los dominicanos mantengamos siempre una actitud de alerta, frente a cualquier pretensión de potencias extrañas de propiciar la unión de nuestros dos países, tal vez como un medio de descargar su conciencia de la culpa que pesa sobre esas mismas potencias, por haber contribuido con sus acciones a entorpecer el desarrollo ordenado del estado haitiano, mediante prácticas malsanas de dominación injustificada.
Acorde con tal propósito preventivo, nunca debemos olvidar los dominicanos los motivos que indujeron a los pueblos de la parte Este de la isla Española o Santo Domingo, a liberarse del régimen opresor que por 22 años ejerció el poderío militar haitiano sobre nuestro territorio, motivo expuestos con ánimo sereno pero firme en el Manifiesto del 16 de Enero de 1844, sobre el cual el historiador Wenceslao Vega B. expresa lo siguiente: (citamos)
“El Manifiesto del 16 de Enero 1844 es un hermoso y valiente documento. Contiene la expresión sensata y no fanática de un pueblo cansado de vejámenes y desconsideraciones. Refleja el reconocimiento de la imposibilidad de una unión real entre dos pueblos con rasgos tan diferentes como el haitiano y el dominicano. Con palabras mesuradas justifica la separación de esos pueblos y la decisión de que el dominicano constituirá en lo adelante una nación separada. Expone desde el principio a la faz del mundo. La justificación del acontecimiento que va a tener lugar a las pocas semanas, bajo el argumento de la resistencia a la opresión, y al sagrado e inalienable derecho a la religión contra el despotismo. …estos brillantes principios han acompañado siempre al pueblo dominicano, quien ha sabido soportar tiranías y malos gobiernos, pero cuando éstos llegan al límite del despotismo, también ha sabido rebelarse y verter su sangre en la búsqueda de su merecida libertad”
Y termina el citado historiador diciendo: “Las palabras del manifiesto del 16 de enero de 1844, deben ser lectura obligada de la juventud de hoy y de mañana, y sus conceptos deben mantenerse siempre como garantía de la libertad del pueblo dominicano.

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